
– Otro.
El barman no se movió.
O'Connell pensó en media docena de cosas que podía decir, todas las cuales podrían conducir a una pelea. Sintió la adrenalina empezando a bombear en sus oídos. Era uno de esos momentos en que no importaba si perdía o ganaba, sino sólo el alivio que sentiría al descargar los puñetazos. Había algo en la sensación de su puño golpeando a otro hombre, algo mucho más embriagador que el licor; sabía que borraría el dolor lacerante de su pie y lo llenaría de energía. Miró al barman. Era bastante más mayor que O'Connell, pálido y barrigudo. No sería una gran pelea, pensó, y los músculos se le tensaron, suplicando ser liberados. El barman lo miró con recelo: años detrás de la barra le permitían anticipar lo que un cliente estaba a punto de hacer.
– ¿Cree que no tengo el dinero? -preguntó O'Connell.
– Tengo que verlo -replicó el otro dando un paso atrás.
O'Connell advirtió que los otros parroquianos se apartaban con disimulo. También ellos eran veteranos en esa clase de trifulcas.
Miró de nuevo al barman. Era demasiado viejo y tenía mucha experiencia en ese mundo de oscuros rincones para dejarse sorprender. Y, en ese segundo, O'Connell comprendió que el tipo tendría algún recurso a mano. Un bate, o tal vez una porra. Incluso algo más sustancioso, como una pistola de cromo plateado o una escopeta. No, pensó, escopeta no; demasiado pesada para manipularla. Algo más práctico, como un revólver del 38, con el seguro quitado, cargado con balas marcadas para ampliar al máximo el daño al cliente y reducir al mínimo los daños a la propiedad. Estaría situado fuera de la vista, fácil de alcanzar. Y él no podría sacar la navaja lo bastante rápido antes de que el barman cogiera el arma.
Se encogió de hombros y miró al hombre tras la barra.
– ¿Qué miras, viejo cabrón? -le espetó.
El tipo le sostuvo la mirada.
– ¿Quiere otro trago o no? -preguntó.
O'Connell ya no podía verle las manos.
