– En una pocilga como ésta, no -dijo.

Y se levantó y salió del bar mientras todos lo observaban en silencio. Anotó mentalmente volver algún día y sintió un arrebato de satisfacción. No había nada tan placentero como acercarte al borde del abismo y balancearte de un lado a otro. La furia era como una droga: lo colocaba. Pero de vez en cuando era necesario dejarla correr, perderse en ella. Consultó su reloj: poco más de la hora del almuerzo. A veces a Ashley le gustaba tomarse un bocadillo bajo un árbol con algunos de sus compañeros de clase. Era un lugar donde podía observarla sin ser visto.

Michael O'Connell había conocido a Ashley Freeman por casualidad, unos seis meses atrás. Estaba trabajando a tiempo parcial en un taller situado a la salida de la carretera de Massachusetts, iba a clases de informática en su tiempo libre, sacaba algunos dólares como camarero en un garito de estudiantes cerca de la universidad. Ella volvía de esquiar con sus compañeras de habitación cuando un neumático trasero del coche reventó tras comerse uno de los proverbiales baches de Boston, algo frecuente en invierno. La compañera de Ashley llevó el coche al taller, y O'Connell cambió el neumático. Cuando las tarjetas de todas, agotadas por los excesos del fin de semana, fueron rechazadas, O'Connell usó la suya propia para pagar el neumático, un acto de aparente buen samaritanismo que sorprendió a las cuatro chicas. No sabían que la tarjeta que él usaba era robada, y le dieron sin problemas sus direcciones y números de teléfono, prometiendo devolverle el dinero a mediados de semana. El nuevo neumático y la mano de obra sumaban 221 dólares. Ninguna de las chicas imaginó lo irónicamente pequeña que era esa cantidad por permitir que Michael O'Connell entrara en sus vidas.

Además de su buen físico, O'Connell había nacido con una vista excepcionalmente aguda. No le resultó difícil localizar la silueta de Ashley desde una manzana de distancia, y se apoyó contra un roble para vigilarla con disimulo. Sabía que nadie repararía en él; estaba demasiado lejos, había bastante gente paseando y coches circulando en aquel despejado día de octubre. También sabía de sus habilidades camaleónicas para mezclarse con el paisaje. A veces pensaba que debería haber sido una estrella de cine por su capacidad de parecer siempre otra persona.



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