Ashley se apartó el pelo de la cara y trató de prestar atención.

– Goya pretendía molestar. Quería arrojar toda la miseria de la guerra a la cara de los políticos y aristócratas que la idealizaban. Algo que fuera imposible de negar…

Las últimas palabras de su defensa se perdieron en un estallido de la mesa de al lado.

– Yo te diré en qué es bueno Derek Jeter. Es bueno agachándose y…

Ella tuvo que sonreír. Era un poco como estar en una versión bostoniana de Dimensión desconocida, atrapada entre lo pretencioso y lo vulgar.

Ella se agitó en su asiento, manteniendo una distancia neutral que ni animaba ni disuadía a Will, y pensó en su proverbial mala suerte en el amor. Se preguntó si sería algo pasajero, como tantas otras cosas de su adolescencia, o si era, en cambio, una anticipación de su futuro. Tenía la sensación de que estaba cerca de algo, pero no sabía de qué.

– Sí, la pega que tiene escandalizar y mostrar la naturaleza de la guerra a través del arte es que nunca detiene la guerra, pero se celebra como arte. Corremos a ver el Guernica y nos extasiamos en la profundidad de su visión, pero ¿llegamos a sentir algo por los campesinos vascos bombardeados? Fueron reales. Sus muertes fueron de verdad, pero su verdad queda subordinada al arte.

Era Will. Ashley consideró que era una observación inteligente, pero podrían haberla hecho un millón de universitarios políticamente correctos. Miró a los jugadores de baloncesto. Incluso borrachos, había una exuberancia en su discusión que le agradaba. Sintió una punzada de dilema. Le gustaba sentarse en Fenway con una cerveza y le encantaba visitar el Museo de Bellas Artes. Durante un largo instante se preguntó a cuál de las dos discusiones pertenecía ella realmente.

Miró de reojo a Will. Seguramente suponía que la manera más rápida de seducirla era con enrevesadas argumentaciones intelectuales. Era el pensamiento universitario típico. Decidió confundirlo un poco.



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