Un grupo de estudiantes había cruzado toda la ciudad para verla, y luego contemplaron, inquietos, los dibujos en blanco y negro de desmembramientos, torturas, asesinatos y agonía. Una cosa que llamó la atención de Ashley fue que, aunque siempre se distinguía a los civiles de los soldados, no había ningún anonimato en cada rol. Ni ninguna seguridad. «La muerte -pensó- tiene una forma de igualar las cosas. Aplasta el espíritu sin consideración a la política. Es implacable.»

Se agitó en su asiento, algo incómoda. Las imágenes, sobre todo las de violencia explícita, la perturbaban profundamente desde niña. Permanecían desagradables en su memoria, bien fueran Salomé admirando la cabeza de Juan el Bautista en un horrible cuadro renacentista, o la madre de Bambi tratando de huir de los cazadores que la perseguían. Incluso las exageradísimas muertes de Kill Bill, la película de Tarantino, la inquietaban.

Su cita para esta velada era un estudiante graduado de psicología, desgarbado y de pelo largo, llamado Will, quien estaba sentado al otro lado de la mesa, argumentando, mientras trataba de acortar la distancia entre su hombro y el brazo de ella. Los pequeños contactos eran importantes a la hora del cortejo, pensó. La mínima sensación compartida podía conducir a algo más intenso. Ella tenía sus dudas sobre él. Se veía que era inteligente, y parecía reflexivo. Había aparecido antes en su apartamento con media docena de rosas que, dijo, eran el equivalente psicológico a un permiso para salir de la cárcel. Una docena de rosas, dijo, habrían sido demasiadas y ella probablemente lo habría considerado afectado, pero sólo media docena sugería cierta promesa además de un toque de misterio. A ella le pareció gracioso el razonamiento, y probablemente acertado también, y por eso el chico le gustó al principio, aunque no pasó mucho tiempo antes de advertir que él tal vez estaba demasiado pagado de sí mismo y tendía menos a escuchar que a pontificar, cosa que no le agradó nada.



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