de apasionadas entradas en su diario, imitando a Emily Dickinson, Eleanor Roosevelt y Carrie Nation, con una pizca de Gloria Steinem y Mia Hamm. Había trabajado en la construcción de una casa para Hábitats para la Humanidad, y una vez acompañó al mayor camello del instituto en una aterradora visita a una ciudad cercana para recoger un cargamento de cocaína, hecho que quedó registrado en las cámaras de vigilancia de la policía y provocó una llamada de un detective a su madre. Sally Freeman-Richards se puso furiosa, la castigó durante semanas, le espetó que había tenido una suerte extraordinaria de que no la hubieran arrestado, y que le costaría trabajo recuperar su confianza. Por separado, Hope y su padre llegaron a conclusiones más benignas, y hablaron de rebeldía adolescente y conceptos similares, y él recordó algunas tonterías que había hecho en sus tiempos, cosa que a ella la hizo reír, pero sobre todo la tranquilizó. Ashley no creía que tuviera una predisposición inconsciente a hacer cosas peligrosas en su vida, pero de vez en cuando le gustaba correr un poco de riesgo, y agradecía la suerte de haber evitado las consecuencias hasta el momento. A menudo pensaba que era como la arcilla de un alfarero, girando constantemente, tomando forma, esperando el calor del horno que la terminara de cocer.

Se sentía a la deriva. No le gustaba demasiado su trabajo a tiempo parcial en el museo, ayudando a confeccionar catálogos de exposiciones. Tenía que aislarse en una sala al fondo, delante de un ordenador. No las tenía todas consigo en Historia del Arte, y a veces pensaba que se dedicaba a esa actividad sólo porque era diestra con la pluma y el pincel. Esto la preocupaba, porque, como muchos jóvenes, creía que sólo debería hacer aquello que la apasionaba, pero aún no tenía claro qué era.



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