Salieron del bar, y Ashley se arrebujó en su abrigo para protegerse del frío nocturno. Se dijo que debería prestar un poco de atención a Will. Era guapo, atento, y quizás hasta tuviera sentido del humor. Tenía una peculiar manera de caminar a su lado que la desarmaba y, probablemente, en conjunto, era alguien interesante. Advirtió que llevaban caminando casi dos manzanas y sólo faltaban cincuenta metros para llegar a la puerta de su apartamento, y él aún no le había formulado la pregunta.

Decidió poner en práctica un jueguecito. Si él le preguntaba algo interesante, le concedería una segunda cita. Si le preguntaba la previsible «¿Puedo subir a tu casa?», entonces no volvería a verlo.

– ¿Tú qué opinas? -dijo él de repente-. Cuando los tipos de un bar discuten de béisbol, ¿lo hacen porque les gusta el juego o porque les gusta discutir? Quiero decir que en el fondo no hay verdades inapelables en sus comentarios, sólo se trata de lealtad al equipo. Y la lealtad ciega no se presta realmente al debate, ¿no?

Ashley sonrió. Allí estaba su segunda cita.

– Por cierto -añadió él-, el amor a los Red Sox es un buen punto para plantear en mi seminario avanzado de psicología patológica.

Ella se echó a reír. Decididamente, otra cita.

– Aquí, es mi casa -dijo-. Me lo he pasado muy bien esta noche.

Will la miró.

– ¿Tal vez podríamos repetir alguna tarde tranquila? -propuso-. Puede que sea más fácil conocernos si no tenemos que competir con voces a gritos y especulaciones descabelladas sobre las predilecciones de Derek Jeter por los látigos de cuero, los juguetes sexuales tamaño gigante y los usos que se puede dar a los diversos orificios del cuerpo…

– Me gustaría -respondió Ashley-. ¿Me llamarás?

– Hecho.



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