
Ella dio un paso hacia el primer escalón de su edificio y advirtió que aún iban cogidos de la mano. Se volvió y le dio un beso. Un beso parcialmente casto, con sólo una leve sensación de lengua entre los labios. Un beso de promesa para los días venideros, aunque no una invitación para esa noche. Él pareció comprenderlo, cosa que la animó, pues retrocedió medio paso, hizo una elaborada reverencia y, como un cortesano dieciochesco, le besó el dorso de la mano.
– Buenas noches -dijo ella-. De verdad que me lo he pasado muy bien.
Ashley subió los escalones. Entre las dos puertas de cristal, miró hacia atrás. Un pequeño cono de luz se proyectaba desde el foco de la puerta exterior, y Will estaba al otro lado del débil círculo amarillo, que se disolvía rápidamente en la oscura noche de Nueva Inglaterra. Una sombra arrugó su rostro, como una flecha de oscuridad que lo cruzara. Pero ella no lo advirtió y le dirigió un breve saludo. Luego se encaminó hacia su apartamento sintiendo una alegría natural, contenta por no haber pensado en un rollo de una noche, costumbre más que habitual en los círculos universitarios que estaba a punto de abandonar. Sacudió la cabeza. La última vez que había cedido a esa tentación había sido horrible. La había recordado antes, cuando su padre la llamó de improviso. Pero, con la misma rapidez, mientras buscaba la llave de la puerta, desechó todos los pensamientos acerca de noches pasadas, y dejó que el modesto brillo de esa noche la embargara.
Se preguntó cuánto tiempo tardaría Will primera cita en llamarla y convertirse en Will segunda cita.
Will Goodwin esperó un instante en la oscuridad después de que Ashley desapareciera tras la segunda puerta. Sintió un arrebato de entusiasmo, una punzada de emoción por aquel día y por los venideros.
Se sentía un poco abrumado. La novia de un amigo, la que le había pasado el teléfono de Ashley, le había informado de que era bonita, inteligente y un poco enigmática, pero ella había superado sus expectativas en todos los aspectos. Y además, él había conseguido escapar de la etiqueta de tío aburrido, o al menos se lo parecía.
