
Una mujer delgada y canosa abrió la puerta.
– Sí, ¿en qué puedo ayudarle? -preguntó.
Me presenté y pedí disculpas por aparecer sin anunciarme previamente, ya que el número no aparecía en la guía. Le dije que era escritor y estaba investigando algunos crímenes cometidos hacía unos años en las zonas de Cambridge, Newton y Somerville, y pregunté si podría hablar un momento con Will.
Ella se sorprendió, pero no me cerró la puerta en la cara.
– No creo que sea posible -dijo amablemente.
– Lamento molestarlos, pero sólo serán unas pocas preguntas.
Ella negó con la cabeza.
– Él no… -empezó, pero se detuvo y me miró. Pude ver que su labio inferior empezaba a temblar, y un atisbo de lágrimas asomó a sus ojos-. Ha sido… -Entonces una voz desde atrás la interrumpió.
– ¿Mamá? ¿Quién es?
La mujer vaciló, como si no supiera qué decir. Detrás de ella, un joven en una silla de ruedas salió de una habitación lateral. Tenía un aspecto pálido y abotargado, y su cabello castaño era una masa descuidada que le caía hasta los hombros. Tenía una cicatriz rojiza en forma de Z en un lado de la frente; le llegaba casi hasta la ceja. Sus brazos parecían musculosos, pero su pecho estaba hundido, casi consumido. Sus manos grandes y elegantes permitían percibir reminiscencias de quien había sido una vez. Avanzó con la silla de ruedas.
La madre me miró.
– Ha sido muy duro -dijo en voz baja, con repentina intimidad.
La silla chirrió al detenerse.
– Hola -saludó con gesto amable.
Le dije mi nombre y expliqué concisamente que estaba investigando el crimen que lo había dejado lisiado.
