– ¿Mi crimen? -repuso él, y añadió-: Nada del otro mundo. Un asalto corriente. De todos modos, no puedo contarle gran cosa. Pasé dos meses en coma. Y luego esto… -Señaló la silla de ruedas.

– ¿Hizo la policía alguna detención?

– No. Cuando desperté, me temo que no fui de mucha ayuda. No recuerdo nada de aquella noche. Absolutamente nada. Es como pulsar una tecla de tu ordenador y ver cómo todas las palabras de un trabajo escrito desaparecen. Sabes que probablemente están en algún lugar del disco duro, pero no puedes encontrarlas. Las han borrado.

– ¿Regresabas a casa después de una cita?

– Sí. Nunca volvimos a contactar. No me extraña. Estaba hecho una piltrafa. Todavía lo estoy. -Soltó una risita y sonrió amargamente.

Asentí.

– La policía nunca encontró nada, ¿verdad?

– Bueno, un par de cosas curiosas.

– ¿Cuáles?

– Encontraron a unos chicos de Roxbury tratando de usar mi tarjeta Visa. Pensaron que eran mis agresores, pero resultó que no. Al parecer los chicos encontraron la tarjeta en un cubo de basura.

– De acuerdo, pero ¿por qué…?

– Pues porque al final encontraron mis demás documentos intactos en Dorchester… ya sabe, carnet de conducir, carnet del comedor de la facultad, seguridad social, seguro médico, todas esas cosas. A kilómetros de distancia del vertedero donde los chicos encontraron la tarjeta de crédito. Y las demás tarjetas fueron encontradas por todo Boston.

– ¿Qué estás haciendo ahora? -pregunté.

– ¿Ahora? -Will miró a su madre-. Ahora estoy esperando.

– Esperando qué.

– No lo sé. Sesiones de rehabilitación en el Centro de Traumatismos Craneales. El día que pueda levantarme de esta silla. No puedo hacer mucho más.

Me despedí, y su madre empezó a cerrar la puerta.

– ¡Eh! -dijo Will-. ¿Cree que encontrarán alguna vez al tipo que me hizo esto?

– No lo sé -respondí-. Pero si descubro algo, te lo haré saber.



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