– No me importaría tener un nombre y una dirección -dijo-. Preferiría encargarme yo mismo de ciertas cosas, ya me entiende.

4 Una conversación que significó más que palabras

Michael O'Connell pensaba que el crimen trata de conexiones.

«Si uno no quiere que lo capturen -razonaba-, debe eliminar todas las conexiones obvias. O al menos oscurecerlas para que no resulten rápidamente visibles para un detective tozudo.»

Sonrió para sí y cerró los ojos para dejarse arrullar por el traqueteo del metro. Todavía sentía un arrebato de energía recorrerle el cuerpo. Golpear a un hombre le producía una sensación estimulante, desde que sentía tensarse sus músculos. Se preguntó si la violencia física iba a resultarle siempre tan seductora.

A sus pies había una mochila de lona azul, la correa rodeando su brazo. Contenía unos guantes de cuero y otros de cirujano, un trozo de tubo de fontanero de medio metro y la cartera de Will Goodwin, aunque todavía no había tenido tiempo de descubrir el nombre.

Cinco cosas, pensó O'Connell, significaban cinco paradas del metro.

Sabía que estaba exagerando su cautela, pero en realidad no estaba de más. Sin duda el tubo estaría manchado con la sangre del tipo al que había atizado. Igual que los guantes de cuero. Sus ropas también tendrían restos, así como sus zapatillas de deporte, pero a media mañana lo habría pasado todo por varios ciclos de lavado caliente en la lavandería automática. Así se acabarían las conexiones microscópicas entre aquel hombre y él. La mochila estaba destinada a un vertedero en Brockton, la tubería a una obra en el centro. La cartera, después de quitarle el dinero, sería abandonada en un contenedor de basura ante una parada de metro en Dorchester, y las tarjetas de crédito serían esparcidas por varias calles en Roxbury, donde esperaba que algunos chicos negros las encontraran y utilizaran. Sabía que Boston seguía dividida por las razas, e imaginaba que culparían a aquellos chicos de lo que él había hecho.



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