Echó atrás la cabeza, escuchando el sonido del metro, una curiosa música oculta en el brutal ruido de metal contra metal.

Eran algo menos de las cinco de la madrugada cuando Michael hizo su penúltima parada. Escogió una estación más o menos al azar y cuando faltaba poco para el amanecer salió cerca de Chinatown, no muy lejos del céntrico distrito financiero. Las tiendas estaban cerradas y las aceras vacías. No tardó mucho en encontrar una cabina que funcionara. Se puso la capucha de su sudadera, lo cual le dio aspecto de monje. No quería que un coche patrulla que hiciera la última ronda por las estrechas calles lo detuviera para hacerle preguntas.

O'Connell depositó cincuenta centavos y marcó el número de Ashley.

El teléfono sonó cinco veces antes de que ella contestara con voz adormilada.

– ¿Sí?

Él le dio un par de segundos para despertarse del todo.

– ¿Sí, quién es? -preguntó ella.

Él recordó el teléfono blanco que había junto a su cama. No tenía identificador de llamada, aunque tampoco habría importado.

– Sabes quién soy -susurró.

Ella no respondió.

– Ya te lo he dicho. Te quiero, Ashley. Estamos hechos el uno para el otro. Nadie puede interponerse entre nosotros.

– Michael, deja de llamarme -repuso ella-. Quiero que me dejes en paz.

– No necesito llamarte. Siempre estoy contigo.

Y colgó sin darle oportunidad de replicar. La amenaza más efectiva no se decía, se hacía imaginar, pensó.

Ya amanecía cuando llegó por fin a su apartamento.

Una media docena de gatos de la vecina rondaba la puerta, maullando y haciendo otros sonidos molestos. Uno de ellos siseó al verlo acercarse. La vieja que vivía frente a su puerta tenía más de una docena de gatos, quizás hasta veinte, los llamaba por diversos nombres y dejaba fuera platos para el ocasional gato callejero que pasara por allí.



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