
Soltó una patada a un gato a rayas que estaba a su alcance, pero falló. «Me vuelvo torpe», se dijo. El resultado de una noche larga pero excitante.
El gato a rayas y los demás se dispersaron mientras abría la puerta de su apartamento. Vio que uno, un gato blanco y negro con una veta anaranjada, se entretenía junto al plato de comida. Debía de ser nuevo, pensó, o estúpido, para no alejarse con los demás, que mantenían sus distancias con él. La vieja no se levantaría hasta dentro de una hora, quizá más, y sabía que estaba medio sorda. Estudió el pasillo un instante. Ningún inquilino parecía estar despierto. Él no entendía por qué los otros inquilinos no se quejaban de los gatos, y los odiaba por ello. Había una pareja de ancianos, de Costa Rica, que hablaba muy mal inglés. Y un puertorriqueño que, según sospechaba O'Connell, complementaba su trabajo de operario con algún robo ocasional. Arriba había un par de estudiantes graduados que de vez en cuando llenaban el pasillo con el punzante olor de la marihuana, y un vendedor canoso y de rostro chupado que pasaba sus horas libres lloriqueando e inmerso en una botella. Aparte de quejarse de los gatos al casero (un hombre mayor con uñas cubiertas por años de suciedad, que hablaba con acento indescifrable y detestaba que lo molestaran con pamplinas), O'Connell tenía poco que hacer. Se preguntó si algún inquilino sabía siquiera su nombre. Era tan sólo un sitio apartado, cutre, poco llamativo y frío, bien un final o una parada intermedia, y tenía un aire de provisionalidad que le gustaba. Miró hacia abajo mientras abría la puerta, y se preguntó si la vieja llevaría la cuenta de sus gatos. Dudaba que fuera exacta.
