
O que echara de menos a uno.
Se agachó rápidamente y agarró al gato blanco y negro bruscamente por el lomo. El gato maulló y lo arañó.
O'Connell contempló el súbito arañazo rojo en el dorso de su mano. Aquel hilo de sangre le facilitaría hacer lo que tenía en mente.
Ashley Freeman permaneció acostada en la cama.
– Tengo problemas -susurró para sí.
Y se quedó sin apenas moverse hasta que el sol asomó a su ventana, perfilando las sombras suaves que daban a su habitación aspecto de cuarto de niña pequeña. Un rayo de luz se movía lentamente por la pared. Algunas de sus propias obras estaban colgadas allí, dibujos a carboncillo hechos en una clase de Anatomía, una del torso de un hombre que le gustaba, otra de la espalda de una mujer que se curvaba sensualmente a lo largo de la página blanca. Había también un original autorretrato: sólo había dibujado con detalle la mitad de su cara, dejando el resto en la penumbra.
– Esto no puede estar sucediendo -dijo.
Naturalmente, pensó, todavía no sabía qué era «esto».
La llamé más tarde ese mismo día. No me molesté con amabilidades ni tonterías, sino que fui directo a la primera pregunta.
– ¿De dónde vino exactamente la obsesión de Michael O'Connell?
Ella suspiró.
– Es algo que tienes que descubrir por ti mismo. ¿Ya no recuerdas lo que es ser joven y encontrarte de repente con un arrebatador momento de pasión? La aventura de una sola noche, el encuentro casual. ¿Te has vuelto tan mayor que no te acuerdas de cuando las cosas eran todo posibilidad?
– De acuerdo, sí -dije-. Quizá me he vuelto mayor demasiado aprisa.
