Durante seis meses sirvió en una unidad de artillería. Su trabajo consistía en transmitir las coordenadas que recibía por radio al comandante del asentamiento artillero, quien ajustaba la puntería de los cañones y luego ordenaba hacer fuego. Las sucesivas descargas producían un estruendo más ensordecedor que cualquier trueno. Más tarde, tuvo pesadillas por haber tomado parte en una matanza invisible, más allá de su vista y su oído, y en mitad de la noche se preguntaba si había matado a docenas o tal vez cientos de personas, o tal vez a ninguna. Lo devolvieron a casa un año después, sin haber disparado nunca contra un enemigo visible.

Después del servicio militar, evitó la protesta política que sacudía la nación y se dedicó a sus estudios con una tenacidad que lo sorprendió incluso a él. Después de ver la guerra, o al menos una parte de ella, la historia era algo que lo reconfortaba: sus decisiones ya estaban tomadas, sus intereses se remontaban a los tiempos pasados. No hablaba de su estancia en el ejército, y ahora, maduro y con una cátedra, dudaba que ninguno de sus colegas supiera que había luchado en Vietnam. A veces incluso le parecía que había sido un mal sueño, tal vez una pesadilla, y llegaba a pensar que su año en el frente apenas había existido.

Su tercera aventura era Ashley.

Scott Freeman se quedó con la carta en la mano y se sentó en el borde de la cama de su hija. Tenía tres almohadas, una de ellas bordada con un corazón que él le había regalado por su cumpleaños hacía más de diez años. También había dos ositos de peluche, llamados Alphonse y Gaston, y una colcha ajada que le habían regalado al nacer. Scott contempló la colcha y recordó que había sido un episodio divertido: en las semanas anteriores al nacimiento de Ashley, sus dos futuras abuelas le regalaron sendas colchas. La otra, lo sabía, estaba en una cama similar en la casa de la madre de Ashley.



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