
– Vamos a sentarnos un momento en el banquillo -dijo. Vicki empezó a negar con la cabeza, pero Hope la llevó del brazo.
En la banda cercana, el padre exaltado estaba enzarzado en una fuerte discusión con el otro entrenador. No había empezado todavía con las juramentos, pero Hope sabía que no tardaría mucho. Se volvió hacia él.
– Conservemos la calma -le dijo-. Ya conoce las reglas sobre las protestas.
El padre airado se giró para mirarla. Abrió la boca como para soltar un improperio, pero secontuvo. Miró a Hope con el rostro enrojecido antes de darse la vuelta. El otro entrenador se encogió de hombros y Hope lo oyó mascullar «Idiota». Hope se llevó a Vicki, que seguía tambaleándose.
– Es que mi padre se cabrea demasiado -dijo la chica, con tanta sencillez y tanto dolor, que Hope comprendió que no sólo se refería al incidente en el terreno de juego.
– Tal vez deberías hablar conmigo después de los entrenamientos de esta semana. O visitarme en la tutoría cuando tengas una hora libre.
Vicki negó con la cabeza.
– Lo siento, entrenadora. No puedo. Él no me deja.
Y eso fue todo.
Hope le apretó el brazo.
– Ya lo haremos en otra ocasión.
Esperaba que fuera cierto. Mientras sentaba a Vicki en el banquillo y enviaba una nueva jugadora al campo, pensó que en la vida nada era justo, nada era equitativo, nada era bueno. Miró hacia donde se hallaba el padre de Vicki, un poco apartado de los demás padres, cruzado de brazos y con gesto avinagrado, como si estuviera contando los segundos que su hija estaba fuera del partido. Hope pensó que ella era más fuerte, más rápida, probablemente mejor educada y sin duda mucho más experimentada en el juego que aquel hombre. Había conseguido todos los títulos de entrenadora, asistido a muchos seminarios de formación, y con una pelota en los pies podría haber avergonzado a aquel padre protestón, mareándolo con sus fintas y sus cambios de ritmo.
