
– ¿Te sientes mal, Iván? -la pregunta de Dany, asomado a la ventanilla, me sobresaltó-. Cojones, mira eso, cómo estás sudando…
– Quiero irme de aquí… Pero no sé cómo coño…
– Ya nos vamos, mi socio, no te preocupes. Espera un minuto, déjame darles unos pesos a los sepultureros esos… -dijo, y pude recibir de las palabras de mi amigo un patente sentido de realidad y vida que me resultó extraño, decididamente remoto.
Otra vez cerré los ojos y me quedé inmóvil, sudando, hasta que el auto se puso en marcha. Solo cuando el aire que se filtraba por la ventanilla empezó a refrescarme, me atreví a alzar los párpados. Antes de salir del cementerio pude observar las últimas hileras de tumbas y mausoleos, carcomidos por el sol, la intemperie y el olvido, tan muertos como sus inquilinos, y (con o sin razón alguna para hacerlo en ese instante) volví a preguntarme por qué, entre tantas posibilidades, unos científicos distantes habían escogido precisamente mi nombre para bautizar a la que sería la novena tormenta tropical de aquella temporada.
Aunque a estas alturas de la vida he aprendido (más bien me han enseñado, y no de modos muy amables) a no creer en las casualidades, fueron demasiadas las coincidencias que empujaron a los meteorólogos a decidir, con varios meses de anticipación, que llamaríanIván (nombre comenzado por la novena letra del alfabeto, en castellano, masculino y nunca antes utilizado para tales fines) a aquella tormenta.
