
Aun cuando desde hacía bastante tiempo -quizás demasiado- Ana y yo sabíamos que su final estaba decretado, los muchos años en que arrastramos sus enfermedades nos habían acostumbrado a convivir con ellas. Pero el anuncio de que su osteoporosis (probablemente provocada por la polineuritis avitaminosa destapada en los años más duros de la crisis de los noventa) había terminado por evolucionar hacia un cáncer óseo, nos había enfrentado a la evidencia de un desenlace cercano, y a mí a la macabra constatación de que solo un designio retorcido podía encargarse de minar a mi mujer justamente con aquel padecimiento.
Desde principios de año el deterioro de Ana se había acelerado, aunque fue a mediados de julio, tres meses después del diagnóstico definitivo, cuando se desató su agonía final. Aunque Gisela, la hermana de Ana, vino con frecuencia a ayudarme, yo prácticamente tuve que dejar de trabajar para atender a mi mujer y si sobrevivimos esos meses fue gracias al apoyo de amigos como Dany, Anselmo o el médico Frank, que con frecuencia pasaban por nuestro pequeño apartamento del barrio de Lawton a dejarnos algunos refuerzos, sacados de las menguadas cosechas que, para sus propias subsistencias, ellos lograban obtener por las más sinuosas vías. Más de una vez Dany se ofreció también para venir a ayudarme con Ana, pero yo rechacé su gesto, pues entre las pocas cosas que repartidas siempre tocan a más, están el dolor y la miseria.
