Mientras la tormenta se acercaba a Jamaica, con clarísimas intenciones de penetrar después por el oriente de Cuba, Ana adquirió una especie de excitación meteorológica capaz de mantenerla en una alerta perenne, una tensión de la cual solo escapaba cuando el sueño la vencía por dos o tres horas. Todas sus expectativas estaban relacionadas con las andanzas deIván, con las cifras de muertos que dejaba a su paso (uno en Trinidad, cinco en Venezuela, otro en Colombia, cinco más en Dominicana, quince en Jamaica, sumaba, auxiliándose de sus dedos deformados) y, sobre todo, con los cálculos de lo que destruiría si penetraba en Cuba por cualquiera de los puntos marcados bajo el cono de posibles trayectorias deducidas por los especialistas. Ana vivía una suerte de comunicación cósmica, en el vértice de la confluencia simbiótica de dos organismos que se sabían destinados a devorarse a sí mismos en el plazo de unos pocos días, y llegué a especular si la enfermedad y las drogas no la habían enloquecido. Y también pensé que si el huracán no pasaba pronto y Ana no se calmaba, quien terminaría por enloquecer sería yo.

La etapa más crítica, para Ana y, como resultó lógico, para cada uno de los habitantes de la isla, se abrió cuando Iván, con vientos sostenidos de alrededor de doscientos cincuenta kilómetros por hora, empezó a pasearse por los mares al sur de Cuba. El ciclón se movía con indolente prepotencia, como si estuviera escogiendo, con toda perversión, el punto donde daría el inevitable giro al norte y partiría en dos el país, dejando una enorme trocha de ruinas y muerte. Con una sofocación sostenida, los sentidos aferrados a la radio y al televisor en colores que nos había prestado un vecino, la Biblia al alcance de una mano y nuestro perroTruco bajo la otra, Ana lloró, rió, maldijo y rezó con unas fuerzas que no le correspondían. Durante más de cuarenta y ocho horas se mantuvo en aquel estado, observando el avance sigiloso de Iván, como si sus. pensamientos y oraciones fuesen imprescindibles para mantener al huracán lo más lejos posible de la isla, estancado en aquel casi increíble rumbo oeste del que no se decidía a salir para torcer al norte y arrasar el país, como lo predecían todas las lógicas históricas, atmosféricas y planetarias.



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