
La noche del 12 de septiembre, cuando la información de satélites y radares y la experiencia unánime de los meteorólogos del mundo daban por seguro queIván movería su proa al norte y con sus ráfagas como arietes, sus olas gigantescas y sus golpes de lluvias se regocijaría en la demolición final de La Habana, Ana me pidió que descolgara de la pared del cuarto la corroída cruz de madera oscura que veintisiete años atrás el mar me había regalado (la cruz del naufragio) y la pusiera a los pies de la cama. Después me rogó que le preparara un chocolate bien caliente y unas tostadas con mantequilla. Si ocurría lo que debía ocurrir, aquélla sería su última cena, porque el techo herido de nuestro apartamento no resistiría la fuerza del huracán y ella, de más estaba decirlo, se negaba a moverse de allí. Luego de beber el chocolate y mordisquear una tostada, Ana me exigió que acostara la cruz del naufragio junto a ella y comenzó a rezar, con los ojos fijos en el techo y en los soportes de madera que garantizaban su equilibrio y, quizás, con su imaginación dedicada a construir las imágenes del Apocalipsis que acechaba a la ciudad.
La mañana del 14 de septiembre los meteorólogos anunciaron el milagro:Iván al fin había torcido al norte, pero lo había hecho tan al oeste de la zona prevista que apenas llegó a rozar el extremo más occidental de la isla, sin provocar mayores daños. Al parecer, el huracán se había compadecido de las muchas calamidades que ya acumulábamos, y nos había dejado a un lado, convencido de que su tránsito por el país habría sido un exceso de la providencia. Agotada de tanto rezar, con el estómago estragado por la falta de alimentos, pero satisfecha por lo que consideraba su victoria personal, Ana se quedó dormida después de escuchar la confirmación de aquel capricho cósmico, y en el rictus que se había hecho habitual en sus labios se formó algo muy parecido a una sonrisa.
