
El 16 de septiembre, casi al caer la noche, mientras el huracán comenzaba a degradarse en territorio norteamericano y a perder la ya menguada fuerza en sus vientos, Ana había parado de acariciar a nuestro perro y, unos minutos después, dejó de respirar. Al fin descansaba, quiero creer que en paz eterna.
En su momento entenderán por qué esta historia, que no es la historia de mi vida, aunque también lo es, empieza como empieza. Y aunque todavía no saben quién soy, ni tienen idea de lo que voy a contar, quizás ya habrán entendido algo: Ana fue una persona muy importante para mí. Tanto que, en buena medida, por ella existe esta historia, en blanco y negro, quiero decir.
Ana se cruzó en mi camino en uno de esos momentos, tan frecuentes, en que yo me balanceaba en el borde de un foso. La gloriosa Unión Soviética había lanzado ya sus estertores y sobre nosotros empezaban a caer los rayos de la crisis que devastaría el país en los años noventa. Como era previsible, una de las primeras consecuencias de la debacle nacional había sido el cierre por falta de papel, tinta y electricidad de la revista de medicina veterinaria donde, desde hacía siglos, yo fungía como corrector. Al igual que decenas de trabajadores de la prensa, desde linotipistas hasta jefes de redacción, yo había ido a parar a un taller de artesanía donde se suponía que nos dedicaríamos, por un tiempo muy indefinido, a realizar tejidos de macramé y adornos de semillas barnizadas que, todo el mundo lo sabía, nadie podría ni se atrevería a comprar.
