De todo esto, y de tanto más, regresaba Carlitos Alegre sin fijarse absolutamente en nada, todas las mañanas, a la hora del almuerzo, y todas las tardes, a eso de las siete. Llevaba casi dos semanas estudiando en casa de los mellizos Céspedes y éstos ya se habían convencido de que jamás se enteraría de lo que era un segundo piso de alquiler, por ejemplo, puesto que día tras día le tocaba la puerta al inquilino del primero y se le escurría casi entre las piernas o por los escasos centímetros que quedaban libres entre su cuerpo y el marco de la puerta de calle, desesperado por empezar a estudiar inmediatamente pero totalmente incapaz de darse cuenta de que en esa vetusta casona no se llegaba al segundo piso por el primero sino por la puerta de al lado, que sube de frente donde la familia Céspedes, jovencito, cuántas veces se lo voy a tener que decir, sí, señor, por la puerta de al lado, como que yo me apellido Fajardo y mastico algo de inglés, pero de eso que usted me dice que es latín, nothing, y recuerde siempre, por favor, cómo la primera vez que usted vino no había quien lo sacara de mi casa y tuve que recurrir al teléfono, ¿o ya no recuerda que el joven Arturo bajó y se lo llevó a usted? Y ahora entiéndame, por favor, cuántas veces tengo que decirle que yo, de latín, cero, ¿cómo que castellano, joven?, bueno, bueno, entiendo, sí, la puntualidad y los nervios, un descuido lo tiene cualquiera, pero en el Perú no se habla latín sino en misa, y tantos descuidos en tan pocos días… La puerta de al lado, saliendo a su derecha, joven, sí, y así, en castellano, eso es… Pero no, a la izquierda no, carajo, joven…

De todo esto, y de muchísimo más, regresaba sin fijarse nunca en nada y de lo más sonriente san Carlitos Alegre, que era la inteligencia y la bondad encarnadas, aunque



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