también un pánfilo capaz de cualquier mentecatería, según doña Isabel, su abuela paterna, viuda ya y muy Lima antigua y creyente y piadosa, aunque dotada de un sentido practico hediondo, que aplicaba sobre todo cuando realizaba sus obras de caridad con tal eficacia, tal capacidad de organización y despliegue de energías, con tal rudeza, incluso, que a veces parecía odiar a los mismos pobres a los que, sin embargo, les consagraba media vida. Doña Isabel estaba asomada a su balcón del segundo piso cuando Carlitos llegó de estudiar, lleno de contento y tropezándose más que nunca mientras atravesaba el jardín exterior de la casa, y por supuesto sin verla ni oír sus saludos desde allá arriba ni nada, o sea, como siempre, el muchacho este, y qué manera de confiar en el mundo entero y de creerse íntegro toditito lo que le cuentan, qué falta de malicia, Dios mío, qué falta de suspicacia y sentido de las cosas, qué falta de todo, Dios santo y bendito, la verdad, yo no sé qué va a pasar el día en que este muchacho tenga que salir y enfrentarse con el mundo.

Carlitos Alegre, que aún no se había dado cuenta de que las ruidosas obras habían terminado hace días en su casa, notó sin embargo que la noche era cálida y que esas luces en la terraza y en el jardín, allá atrás, y seguro que también en la piscina, le estaban alegrando la vida. Y de qué manera. Eran los preparativos de una fiesta, pero no de sus hermanas sino de sus padres, porque de lo contrario él lo recordaría, sí, se lo habrían avisado, claro, pero no, a él nadie le había avisado nada. O sea que Carlitos se esforzó en cerrar la puerta de la calle, pero fracasó por falta de la necesaria concentración, y ahí quedó la puerta olvidada mientras él cruzaba el vestíbulo en dirección a la escalera principal, que le pareció preciosa y, no sé, como si recién la hubieran puesto aquí esta tarde, y además a uno le tocan música mientras sube.

El de la música era su padre, probando los parlantes que él mismo había colocado en la terraza y seleccionando algunos discos, sin imaginar por supuesto que el efecto tan extraño y profundo de aquellos acordes, interrumpidos cada vez que cambiaba de disco o de surco, había empezado a alterar brutalmente la vida de su hijo.



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