Sostenían una alta verja doble hecha de barras de hierro dobladas, plegadas y retorcidas en formas estrafalarias. Era de un negro brillante. Parecía que habían acabado de repintarla. Seguramente lo hacían al final de cada invierno. No tenía función alguna relacionada con la seguridad. Cualquiera podía evitarla conduciendo directamente por el césped. En todo caso, estaba abierta de par en par. Tras ella había un camino en cuyo inicio había dos pequeños postes de hierro que llegaban a la altura de la rodilla, colocados a cada lado. Tenían ranuras. Cada una de las puertas abiertas quedaba sujeta a una de ellas. El camino llevaba hasta un conjunto de edificios de ladrillo claro situados a unos cien metros. Los edificios tenían tejados inclinados cubiertos de musgo y estaban rodeados de árboles. El camino de entrada estaba bordeado de árboles. La acera estaba llena de árboles. Había árboles por todas partes. Empezaban a brotarles las hojas, pequeñas, rizadas y de un verde brillante. En seis meses serían grandes, rojas y doradas, y el lugar estaría plagado de fotógrafos captando imágenes para la revista de la universidad.

A veinte metros del poli, su coche y la puerta había una furgoneta de reparto aparcada en el otro lado de la calzada. Estaba pegada al bordillo; encarada hacia mí, a unos cincuenta metros. Parecía algo fuera de lugar. Era de un rojo descolorido, y tenía un gran parachoques de un negro apagado que parecía haber sido doblado y enderezado un par de veces. En la cabina había dos hombres. Jóvenes, altos, elegantes, rubios. Permanecían totalmente inmóviles, con la vista al frente. No miraban al poli. Me miraban a mí.

Yo estaba orientado hacia el sur. Tenía una vulgar camioneta marrón aparcada frente a una tienda de discos. La tienda era la típica que suele encontrarse cerca de una universidad: en la acera expositores con discos compactos de segunda mano, y en el escaparate pósters de bandas de las que nadie había oído hablar.



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