Las puertas traseras de la camioneta estaban abiertas. Dentro había cajas amontonadas. Yo sostenía un fajo de papeles. Llevaba abrigo, pues era una fría mañana de abril. También guantes, porque las cajas, que habían sido abiertas apresuradamente, tenían grapas sueltas. Disponía de un arma, como de costumbre. La llevaba encajada en la parte de atrás de la cintura, bajo el abrigo. Era un Colt Anaconda, un enorme revólver de acero con la recámara preparada para balas Magnum 44. Medía unos treinta y cinco centímetros y pesaba casi un kilo y medio. No era mi arma preferida. Resultaba dura, pesada y fría; todo el rato era consciente de ella.

Me detuve en mitad de la acera, levanté la vista de los papeles y oí que la furgoneta se ponía en marcha. No fue a ninguna parte. Se quedó donde estaba, quieta. Los blancos gases del tubo de escape rodeaban las ruedas traseras. Hacía frío. Era temprano y la calle estaba desierta. Retrocedí hasta mi camioneta y eché un vistazo a los edificios de la universidad por el lado de la tienda de discos. Vi un Lincoln Town Car negro esperando frente a uno de ellos. Había dos tipos de pie al lado del vehículo. Me encontraba a bastante distancia, pero me quedó claro que ni uno ni otro tenía pinta de conductor de limusina. Estos no van en parejas y no parecen jóvenes y fuertes ni se mueven tensos y cautelosos. Aquellos tíos daban la impresión de ser guardaespaldas.

El edificio delante del que aguardaba el Lincoln era una especie de pequeño dormitorio. En su gran puerta de madera se apreciaban letras griegas. Se abrió y salió un chico joven y delgado. Parecía un estudiante. Llevaba el cabello largo y desaseado e iba vestido desastradamente, pero su bolsa parecía de piel cara y lustrosa. Uno de los guardaespaldas se quedó en su sitio mientras el otro abría la puerta del coche. El muchacho arrojó la bolsa en el asiento de atrás y luego subió. El hombre cerró la puerta tras él. Oí el golpe, débil y amortiguado por la distancia.



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