
Yo iba andando por Huntington Avenue, aún a un kilómetro y medio de un bar del que me habían hablado. Era tarde. Empezaba a verse el Symphony Hall. Yo era demasiado testarudo para cruzar la calle y evitar la multitud. Seguí abriéndome paso. Había muchas personas perfumadas y bien vestidas, la mayoría de edad avanzada. Coches aparcados en doble fila y taxis junto al bordillo, con los motores encendidos y los limpiaparabrisas funcionando a intervalos regulares. Un tipo salía por las puertas del vestíbulo, a mi izquierda. Vestía un grueso abrigo de cachemir y lucía guantes y bufanda. Llevaba la cabeza descubierta. Debía de rondar la cincuentena. Casi chocamos. Me detuve. Se detuvo. Me miró fijamente. Estábamos en un atasco de la acera y ambos vacilamos. A continuación seguimos andando y volvimos a detenernos. Al principio pensé que no me reconocía. De pronto su rostro se ensombreció. Nada concreto. Me contuve, y él pasó frente a mí y se subió al asiento trasero de un Cadillac DeVille negro que lo esperaba junto al bordillo. Me quedé allí y vi que el conductor se iba metiendo con cuidado en el tráfico hasta que consiguió acelerar. Oí el chirrido de los neumáticos en la calzada.
Anoté la matrícula. No estaba alarmado. No estaba poniendo nada en entredicho. Pero estaba dispuesto a creer lo que habían visto mis ojos. En un segundo zozobraron diez años de historia. El tío estaba vivo. Lo que me creaba un gran problema.
Eso fue el primer día. Me olvidé del bar por completo. Regresé a mi hotel y empecé a llamar a números medio olvidados de la época en que estuve en la policía militar. Debía encontrar a algún conocido en quien confiara, pero habían pasado seis años y era sábado por la noche, tarde, así que no tenía muchas posibilidades de éxito. Al final di con alguien que me recordaba vagamente, lo cual no tenía por qué afectar al resultado final. Era un suboficial llamado Powell.
