
– La cena es a las ocho -dijo. Nada más.
Salió y cerró la puerta. No oí nada, pero luego comprobé que había echado la llave por fuera. Dentro no había ojo de cerradura. Me acerqué a la ventana y contemplé la vista. Me hallaba en la parte trasera de la casa y sólo veía el mar. Estaba orientado exactamente al este, y entre Europa y yo no había nada. Quince metros más abajo había rocas y olas que rompían en una explosión de espuma. Al parecer empezaba a subir la marea.
Fui hasta la puerta y pegué la oreja para intentar oír algo. Nada. Escruté minuciosamente el techo, las cornisas y los muebles, centímetro a centímetro. No se apreciaba nada. Ninguna cámara. Los micrófonos me daban igual. No iba a hacer ningún ruido. Me senté en la cama y me quité el zapato derecho. Le di la vuelta y con las uñas saqué un imperdible del tacón. Hice girar la suela como si de una portezuela se tratara, puse el zapato sobre la cama y lo agité. Un pequeño rectángulo de plástico negro cayó y rebotó en el colchón. Era un dispositivo de correo electrónico. Nada del otro mundo. Un simple producto comercial, aunque programado para enviar mensajes a una sola dirección. Tenía aproximadamente el tamaño de un buscapersonas grande y disponía de un estrecho teclado con teclas minúsculas. Lo encendí y escribí un breve mensaje. Luego pulsé «enviar».
El mensaje decía: «Estoy dentro.»
2
En realidad, en ese momento ya llevaba dentro once días, desde una húmeda y brillante noche de sábado en Boston, donde vi a un hombre muerto cruzar la acera y meterse en un coche. No era una ilusión óptica. Ni un extraordinario parecido. No era un doble o un gemelo, un hermano ni un primo, sino un hombre que había muerto hacía diez años. No cabía ninguna duda. No había sido ningún efecto luminoso. Parecía mayor debido al paso de los años y exhibía las cicatrices de las heridas que lo habían matado.
