
Vogel cambió de posición en el marco de la ventanilla y el coche se estremeció bajo su peso.
– No, no, te queremos a ti. Casey es importante para nosotros, ¿me explico? Lo quiero fuera y de vuelta al trabajo.
Observé que buscaba en el interior del chaleco con una mano tan carnosa que no se distinguían los nudillos. Sacó un sobre grueso que me pasó al coche.
– ¿Es en efectivo? -pregunté.
– Sí. ¿Qué hay de malo con el efectivo?
– Nada, pero tendré que hacerte un recibo. Es un requisito fiscal. ¿Están los diez?
– Está todo ahí.
Levanté la tapa de una caja de cartón que guardaba en el asiento de mi lado. El talonario de recibos estaba detrás de los archivos corrientes de casos. Empecé a extender el recibo. La mayoría de los abogados a los que inhabilitan es por culpa de infracciones financieras como el manejo o la apropiación indebida de tarifas de clientes. Yo mantenía registros y extendía recibos meticulosamente. Nunca permitiría que la judicatura me pillara de esa manera.
– Veo que ya lo llevabas preparado -dije mientras escribía-. ¿Y si lo hubiera rebajado a cinco? ¿Qué habrías hecho entonces?
Vogel sonrió. Le faltaba uno de los incisivos inferiores, seguramente a consecuencia de alguna pelea en el club. Se tocó el otro lado del chaleco.
– Tengo otro sobre con cinco mil aquí, abogado -dijo-. Estaba preparado para ti.
– Joder, ahora me siento mal, dejándote con dinero en el bolsillo.
Arranqué su copia del recibo y se la entregué por la ventanilla.
– Lo he hecho a nombre de Casey. Él es el cliente.
– Por mí perfecto.
Cogió el recibo y retiró el brazo de la ventanilla al tiempo que se enderezaba. El coche volvió a su equilibrio normal. Quería preguntarle de dónde salía el dinero, cuál de las empresas delictivas de los Saints lo había ganado, si un centenar de chicas habían bailado un centenar de horas para que él me pagara, pero ésa era una pregunta de la cual era preferible no conocer la respuesta.
