El dirigía un club de estriptis propiedad de los Saints en Sepulveda Boulevard, en Van Nuys. Su detención se produjo después de que él descubriera que una de sus bailarinas más productivas lo había dejado y había cruzado la calle para trabajar en un club de la competencia. Vogel cruzó tras ella, la agarró en el escenario y la arrastró otra vez a su club. La chica estaba desnuda. Un motorista que pasó llamó a la policía. Derrumbar el caso de la acusación fue una de mis mejores actuaciones, y Vogel lo sabía. Le caía bien.

– Tiene razón -dije-. Trabajo para vivir. Si quiere que trabaje para él, ha de pagarme.

– Te dimos cinco mil en diciembre -dijo Vogel.

– Eso se acabó hace mucho, Ted. Más de la mitad fue para el experto que va a hacer añicos la acusación. El resto era para mí, y ya he trabajado todas esas horas. Si he de llevarlo a juicio necesito recargar el depósito.

– ¿Quieres otros cinco?

– No, necesito diez y se lo dije a Casey la semana pasada. Es un juicio de tres días y necesitaré traer a mi experto de Kodak desde Nueva York. He de abonar su tarifa y además quiere volar en primera clase y alojarse en el Chateau Marmont. Cree que va a tomarse las copas con estrellas de cine. Ese sitio cuesta cuatrocientos la noche, y eso las habitaciones baratas.

– Me haces polvo, abogado. ¿Qué ha pasado con ese eslogan que tenías en las páginas amarillas? Duda razonable a un precio razonable. ¿Diez mil te parece un precio razonable?

– Me gustaba ese eslogan. Me trajo un montón de clientes. Pero a la judicatura de California no le hizo tanta gracia, y me obligó a retirar el anuncio. Diez es el precio y es razonable, Ted. Si no puedes o no quieres pagarlo, rellenaré los papeles hoy. Lo dejaré y puede ir con uno de oficio. Le daré todo el material que tengo. Aunque no creo que el abogado de oficio tenga presupuesto para traer al experto en fotos.



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