
– Los polis lo acusan de agresión con agravante, LCG e intento de violación, para empezar -respondió el fiador-. La fiscalía todavía no ha presentado cargos que yo sepa.
La policía normalmente exageraba los cargos. Lo que importaba era lo que los fiscales, en última instancia, llevaban a juicio. Siempre digo que los casos entran como un león y salen como un cordero. Una acusación que se incoaba como intento de violación, agresión con agravante y lesiones corporales graves podía terminar como un simple caso de lesiones. No me habría sorprendido, y no habría sido ningún filón. Aun así, si podía acceder al cliente y establecer mis honorarios en función de los cargos anunciados, saldría bien parado cuando el fiscal finalmente los rebajara.
– ¿Conoces los detalles? -pregunté.
– Presentaron los cargos anoche. Suena como una cita en un bar que acabó mal. El abogado de la familia dice que la mujer pretende sacar dinero. Lo clásico, la demanda civil que seguirá al caso penal. Pero no estoy seguro. Por lo que he oído le han dado una buena paliza.
– ¿Cómo se llama el abogado de la familia?
– Espera un segundo. Tengo su tarjeta por aquí.
Miré por la ventanilla mientras esperaba que Valenzuela encontrara la tarjeta de visita. Estaba a dos minutos del tribunal de Lancaster y a doce de mi comparecencia: Necesitaba al menos tres de esos minutos para hablar con mi cliente y darle la mala noticia.
– Vale, aquí está -dijo Valenzuela-. El nombre del tipo es Cecil C. Dobbs, Esquire. De Century City. ¿Ves? Te lo he dicho. Pasta.
Valenzuela tenía razón, pero no era la dirección del abogado lo que me hablaba a gritos de dinero, sino su nombre.
Conocía la reputación de C. C. Dobbs y suponía que en toda su lista de clientes no habría más de uno o dos cuyo domicilio no estuviera en Bel-Air o en Holmby Hills. Sus clientes eran de los lugares donde las estrellas parecen bajar por las noches para tocar a los ungidos.
