
– Dame el nombre del cliente -dije.
– Louis Ross Roulet.
Lo deletreó y lo anoté en un bloc.
– ¿Llegarás a tiempo, Mick? -preguntó Valenzuela.
Antes de responder, anoté el nombre de C. C. Dobbs en el bloc. Luego respondí a Valenzuela con otra pregunta.
– ¿Por qué yo? -dije-. ¿Preguntaron por mí? ¿O lo sugeriste tú?
Tenía que ir con cuidado con esa cuestión. Daba por sentado que Dobbs era la clase de profesional que acudiría al Colegio de Abogados de California en un suspiro si se encontraba con un abogado defensor penal que pagaba a fiadores por derivaciones de clientes. De hecho, empecé a preguntarme si todo el asunto no podía ser una operación de la judicatura en la que Valenzuela no había reparado. Yo no era uno de los hijos predilectos de la judicatura. Habían venido a por mí antes. En más de una ocasión.
– Le pregunté a Roulet si tenía abogado defensor penal, y dijo que no. Le hablé de ti. No lo forcé. Sólo le dije que eras bueno. Promoción discreta, ya ves.
– ¿Eso fue antes o después de que apareciera Dobbs?
– No, antes. Roulet me llamó esta mañana desde la prisión. Lo tenían en máxima seguridad y supongo que vio mi letrero. Dobbs apareció después. Le dije que estabas en el caso, le expliqué quién eras, y le pareció bien. Estará allí a las once. Verás cómo es.
No dije nada durante un buen rato. Me preguntaba hasta qué punto Valenzuela estaba siendo sincero conmigo. Un tipo como Dobbs tenía que contar con su propio abogado. Por más que no fuera su punto fuerte, tenía que disponer de un especialista en derecho penal en el bufete, o al menos en la recámara. Sin embargo, lo que explicaba Valenzuela parecía contradecirlo. Roulet acudió a él con las manos vacías. Eso me decía que en el caso había muchas cosas que no conocía.
