
Narratio
La sombra de la muerteEl día que conocí al padre Augustin Duese, pensé: «Ese hombre vive a la sombra de la muerte». Lo pensé, en primer lugar, debido a su aspecto, pálido y desmejorado, como uno de los huesos resecos en la visión de Ezequiel. Era un hombre alto y muy delgado, con la espalda encorvada, la piel cenicienta, las mejillas hundidas, los ojos casi perdidos en unas cuencas profundas y sombrías, el pelo ralo, los dientes cariados, el paso vacilante. Parecía un cadáver andante, y no sólo debido a su avanzada edad. Llegué a la conclusión de que la muerte rondaba cerca de él y le atacaba incesantemente con las armas de la enfermedad: inflamación de las articulaciones, sobre todo en manos y rodillas, mala digestión, vista cansada, estreñimiento, problemas a la hora de orinar. Sólo sus orejas estaban sanas, pues tenía un oído muy fino. (Tengo entendido que su pericia como inquisidor se debía a su capacidad de detectar el tono de falsedad en la voz de una persona.) Asimismo, estoy convencido de que la cualidad penitencial de sus comidas pudo haber contribuido al deterioro de su estómago, obligado a digerir unos alimentos que el mismo Domingo habría rechazado, una comida que me resisto a llamar comida, y que el padre Augustin ingería en porciones muy escasas. Hasta me atrevería a decir que si efectivamente el padre Augustin hubiera estado muerto, quizás habría comido un poco más, aunque imagino que comer abundantes raciones de las vituallas que él prefería, consistentes en pan duro, mondaduras de verduras hervidas y corteza de queso, habría sido más difícil que tragarse un espino. Sin duda, el padre Augustin ofrecía sus sufrimientos como sacrificio al Señor.
A mi entender, una dieta así debe seguirse con menos celo. El Doctor Angélico
