Él, como es lógico, no respondió. La mayoría de inquisidores que conozco sabe utilizar el silencio con la más experta precisión.

Sea como fuere, el padre Augustin no sólo parecía, y estoy seguro de que se sentía, un hombre moribundo, sino que se comportaba como tal. Me refiero a que parecía tener mucha prisa, como si contara sus días. Y para ofreceros un ejemplo de esta extraña premura, describiré lo que ocurrió poco después de su llegada a Lazet, tres meses antes de su muerte, en respuesta a mi petición de ayuda en la noble tarea de «capturar a los zorros que pretenden destruir las vides del Señor», es decir, arrestar a los enemigos que rodean la Iglesia, la cual se alza como un lirio entre espinas. Sin duda conocéis a esos enemigos. Quizás incluso os hayáis topado con esos divulgadores de doctrina herética, sembradores de discordia, fabricantes de cismas, divisores de la unidad, quienes ponen en tela de juicio la sagrada verdad proclamada por la Santa Sede y mancillan la pureza de la fe con sus enseñanzas erróneas.

Hasta los primeros padres sufrieron la plaga de esos emisarios de Satanás. (¿Acaso no nos aseguró el mismo san Pablo: «Los herejes deben existir para que los elegidos puedan manifestarse entre vosotros»?) Aquí, en el sur, peleamos contra numerosos y perversos dogmas, numerosas sectas pestíferas cuyos nombres y actividades difieren pero cuyo veneno corrompe con los mismos efectos perniciosos. Aquí en el sur, las viejas semillas de la herejía maniquea denunciada por san Agustín han arraigado profundamente, y siguen prosperando, pese a los píos esfuerzos de la santa orden benedictina.

Aquí, numerosos frailes dedican su vida a defender la cruz de Cristo. Cuando me nombraron vicario de Jacques Vaquier, inquisidor de la depravación herética de Lazet (¡parece que hace un siglo!), mi intención no fue pasarme el día persiguiendo a esos defensores de la iniquidad, sino aliviar la ardua tarea del padre Jacques cuando éste se sintiera abrumado por ella.



4 из 394