
— ¿Por qué no podemos bajar?
— Un rato aunque más no fuera. Todos hablaban al mismo tiempo.
— Calma, muchachos, serenidad. Ya llegará la hora de salir a explorar. Por el momento, aplicaremos el procedimiento terrestre, tercer grado.
Los hombres se dispersaron a regañadientes. Entretanto, un montacargas había traído un robot que les llevaba por lo menos una cabeza a los más altos de los hombres. Jordan y Blank, provistos ya de las máscaras de oxígeno, regresaban montados en una carretilla eléctrica. Rohan los esperaba recostado contra la barandilla; ahora que la nave espacial descansaba sobre la popa, el corredor se había transformado en un pozo vertical que descendía hasta la primera sala de máquinas. Rohan sentía arriba y abajo la presencia de las vastas cubiertas metálicas de la nave; en algún lugar, en las entrañas de El Invencible, las correas de transmisión trabajaban en silencio. Alcanzaba a oír el chapotea amortiguado del agua que circulaba por los canales hidráulicos, y desde el fondo del pozo de cuarenta metros, y a intervalos regulares, subían unas bocanadas de aire fresco, purificado, enviadas por los climatizadores de la sala de máquinas.
Los dos hombres que custodiaban la cámara de aire les abrieron la puerta. Rohan, obedeciendo a un antiguo reflejo, verificó la disposición de las correas y la adherencia de las máscaras. Jordan y Blank entraron detrás, seguidos por el robot, cuyos pasos rechinaron sordamente sobre la chapa de acero. Con un silbido exasperante e interminable, el aire penetró violentamente en la cámara. La escotilla exterior se abrió de golpe, y vieron, cuatro pisos más abajo, la rampa de los robots. Un pequeño ascensor, previamente separado del casco de la nave, y cuya cabina era una especie de jaula metálica, estaba aguardándolos. Entraron en el ascensor y bajaron hasta la cresta de la duna de arena. El aire exterior, que penetraba por entre los barrotes de la jaula, era apenas más fresco que el que se respiraba dentro de la nave.
