Cuando pisaron la plataforma, se soltaron los frenos magnéticos, y los hombres descendieron lentamente los once pisos, pasando frente a todas las secciones del casco, una tras otra. Rohan verificaba mecánicamente el estado de los diferentes sectores. No siempre tiene uno la oportunidad de examinar la nave por fuera, pensó, y nunca más de cerca que desde la cala de carena. Ha soportado muchos avatares, se dijo, observando las estrías del casco producidas por el impacto de los meteoritos. De tanto en tanto, las chapas aparecían deslustradas, como corroídas por un ácido poderoso.

El ascensor llegó a destino y se posó levemente sobre la arena acumulada por el viento. Los hombres saltaron a tierra y se hundieron en la arena hasta más arriba de las rodillas. Sólo el robot, dotado de enormes y absurdos pies planos, concebidos para recorrer grandes extensiones nevadas, se desplazaba con un curioso pero firme paso de ganso. Rohan le dio orden de detenerse, mientras él y los dos hombres se dedicaban a examinar atentamente todos los orificios accesibles de las toberas de popa.

— No les vendría mal una pequeña limpieza — dijo —. Necesitan una purga de aire y una buena mano de barniz.

Cuando salieron de debajo de la popa, observó la sombra gigantesca que proyectaba la astronave. Semejante a un ancho y oscuro camino, se extendía a través de las dunas bañadas por la luz del sol poniente. La perfecta regularidad de las ondulaciones de la arena creaba una extraña atmósfera de calma. Una sombra azulada oscurecía las depresiones, y los rosados resplandores del crepúsculo iluminaban las crestas. Esos matices cálidos y suaves le recordaron las delicadas tonalidades de un libro de imágenes que solía contemplar en su infancia. Sin embargo, la dulzura de aquel fulgor rosado y amarillo era engañosa. Alzó lentamente los ojos y miró las dunas, una tras otra, descubriendo los matices cambiantes de la luz, un rojo cereza ardiente que viraba al grana en la lejanía, entrecortado por bruscos conos de sombra negra. Y más allá, en el horizonte, envueltas en la monotonía de un gris amarillento, las dunas circundaban las cimas amenazantes de las desnudas rocas volcánicas.



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