Rohan no había saltado todavía a tierra, cuando reconociendo a Blank en uno de los hombres, lo llamó a gritos para preguntarle qué noticias tenían de El Cóndor. Pero Blank no estaba enterado del supuesto descubrimiento, y lo que Rohan pudo saber fue en verdad poco y nada: antes de consumirse por completo en las capas inferiores de la atmósfera, los satélites habían logrado tornar unas once mil fotografías: captadas y retransmitidas por radio, habían sido fijadas en unas placas que se encontraban ahora en la sala de mapas.

Sin perder tiempo, Rohan llamó a su cabina a Erett, el técnico cartógrafo, y mientras se duchaba le pidió que le hablase de los últimos acontecimientos. Erett había examinado las fotografías tomadas por los satélites en busca de rastros de El Cóndor, y era uno de los treinta hombres que había escudriñado el dilatado océano de arena rastreando un diminuto grano de acero. Además de los planetólogos, habían movilizado a los cartógrafos, a los operadores de radar y a todos los pilotos de la nave. Durante veinticuatro horas consecutivas los expertos, organizados en relevos, se habían turnado para examinar el material fotográfico a medida que era recibido, anotando las coordenadas de cada punto sospechoso del planeta. Pero la noticia que el comandante le había transmitido a Rohan era producto de un error. Lo que habían tomado por la nave parecía ser una especie de hongo rocoso, de una altura excepcional, y que proyectaba una sombra de contornos regulares, extrañamente semejante a la de un cohete. La suerte corrida por El Cóndor seguía pues tan envuelta en el misterio como antes.



29 из 193