
Horpach les dio la orden de regresar inmediatamente a la nave, y antes de poner término a la conversación les comunicó una importante novedad: al parecer, habían logrado localizar los restos de El Cóndor.
Pese a las airadas protestas de los biólogos, quienes insistían en que necesitarían por lo menos varias semanas para completar las investigaciones, levantaron campamento y emprendieron la marcha rumbo al noroeste. Rohan no pudo dar ninguna noticia precisa acerca de El Cóndor ya que tampoco él sabía nada. Quería llegar cuanto antes a la nave, pues suponía que el comandante iba a asignar nuevas tareas, que quizá llevaran a nuevos descubrimientos. Naturalmente, la primera medida consistiría en efectuar un reconocimiento minucioso del lugar donde se suponía que había descendido El Cóndor. Rohan, impaciente, imprimió a las máquinas el máximo de velocidad posible, y viajaron acompañados por el estrépito infernal de las orugas que martillaban las piedras del camino.
Cuando cayó la noche y encendieron los potentes reflectores de las máquinas, el paisaje se tornó fantasmal y hasta amenazante. Los móviles haces de luz arrancaban de la oscuridad gigantescas siluetas informes, aparentemente dotadas de vida, y que eran sólo grandes peñascos, los últimos vestigios de una antigua y desgastada cadena de montañas. En varias ocasiones tropezaron con profundas hendiduras abiertas en el basalto, y tuvieron que esquivarlas mediante lentos y cautelosos rodeos.
Por último, bien pasada la medianoche, avistaron la mole de El Invencible, con todas las luces encendidas como en una noche de fiesta, resplandeciente en la lejanía como una torre de metal. En el perímetro del campo de fuerza se desplegaba una actividad incesante. Caravanas de vehículos se desplazaban en todas direcciones, descargando los víveres y los combustibles; bajo la rampa, a la luz enceguecedora de los reflectores, se apiñaban los tripulantes; los rumores de este hormiguero humano llegaban desde lejos a los oídos de los expedicionarios. Silencioso, envuelto en una aureola de luz clara, se alzaba el casco de la nave. Guiada por el azul parpadeo de los semáforos que acababan de encenderse, la caravana de vehículos, cubiertos de polvo, atravesó la invisible pared protectora y penetró en el hemisferio del campo de fuerza.
