
La nave seguía perdiendo velocidad. En las pantallas, el planeta ocultaba las estrellas, envuelto en la lana rojiza de las nubes. El espejo convexo del océano que reflejaba el sol, se acercaba cada vez más lentamente. Un continente gris oscuro, perforado por cráteres, apareció de pronto. Desde sus puestos, los hombres nada veían. Abajo, en las profundidades, en las titánicas entrañas del propulsor, crecía un aullido sofocado. Una nube, atrapada en el rayo de desaceleración, se iluminó fugazmente con el brillo inquieto del mercurio. El rugido de los motores se multiplicó por un instante. El disco rojizo se acható para convertirse en suelo. Se veían ya las líneas curvas de las dunas, azotadas por el viento; regueros de lava que se abrían como los rayos de una rueda desde el cráter más próximo. Las toberas del cohete vibraron bajo la acción del calor reflejo, más intenso que el calor del sol.
— Toda la potencia en el eje. Impulso estático.
Ya era visible el sitio donde, soplando verticalmente hacia abajo, el rayo retropropulsor golpeaba el suelo. Una nube de arena roja se levantó en la superficie. Unos relámpagos violetas partieron de la popa, aparentemente silenciosos; los atronadores rugidos de los gases apagaban las detonaciones. La diferencia de potencial se atenuó gradualmente, y los relámpagos fueron desapareciendo.
