
El tabique de un compartimiento se puso a gemir, el comandante se lo señaló con un gesto al ingeniero jefe: resonancia, habrá que suprimirla.. Pero nadie pronunció una palabra; los transmisores aullaban y la nave descendía serenamente, como una montaña de acero suspendida de hilos invisibles.
— Potencia media en el eje. Ligero impulso estático. En ondas concéntricas, como las olas de un océano, las humeantes láminas de la arena del desierto corrían en todas direcciones. El epicentro, tocado desde cerca por la llama densa de los escapes, había dejado de humear. La arena transformada en un espejo rojo, en un estanque burbujeante de sílice fundido, se evaporó en una columna de explosiones atronadoras. Desnuda como un hueso, la roca basáltica del planeta comenzó a ablandarse.
— Bajar los reactores. Impulso en frío.
Las agujas se desplazaron perezosamente hacia un nuevo sector del cuadrante. La nave, que parecía un volcán invertido en erupción, permaneció suspendida a medio kilómetro de la escarpada superficie de arrecifes rocosos, hundidos en la arena
— Plena potencia en el eje. Reducir impulso estático. El resplandor azul del fuego atómico se extinguió. De las toberas brotaron repentinamente los haces cónicos de los boranos; en un instante, un verde espectral tiñó el desierto, las paredes de los cráteres rocosos, y las nubes que flotaban en el cielo. La plataforma basáltica sobre la que iría a posarse la enorme popa de El Invencible ya no se fundida.
— Reactores en cero. Descenso en frío.
Los corazones de todos los hombres se aceleraron, los ojos observaron los instrumentos, los puños se crisparon apretando unas palmas húmedas. Aquellas palabras sacramentales significaban que ya no habría retorno, que pronto estarían pisando tierra firme. Aunque no fuera nada más que la arena de un planeta desértico; al menos allí habría aurora y crepúsculo, habría horizonte y nubes y viento.
