
Tapizado de espuma de plástico, el suelo metálico de la cabina de comando trepidó bajo los pies de los dos hombres. Un leve estremecimiento fugaz como un relámpago, pero perceptible, les recorrió los cuerpos contrayéndoles un instante los músculos de las mandíbulas. En seguida, la escena que contemplaban pareció enturbiarse. Renació el silencio, turbado tan sólo por el zumbido lejano que venía de los puentes inferiores, donde acababan de poner los motores en marcha. El desierto, los escombros negro-rojizos de las rocas. las olas de arena que rompían lentamente una tras de otra, reaparecieron en las pantallas, y todo volvió a ser como antes; pero por encima de El Invencible se había cerrado la cúpula invisible de un campo de fuerza que impedía todo acercamiento. Sobre la rampa aparecieron entonces cangrejos metálicos cuyas antenas, semejantes a las aspas de un molino de viento, giraban, ora a la izquierda ora a la derecha. Los inforobots, aunque de mayor tamaño que los emisores de campo, tenían el tronco aplanado y se desplazaban sobre zancos metálicos curvos. Hundiéndose rápidamente en la arena, y extrayendo como a desgano las largas extremidades, los artrópodos de metal se separaron y se colocaron entre los ergorobots.
A medida que los dispositivos de seguridad empezaban a funcionar, en la opaca superficie del tablero de la consola central se encendieron unas luces diminutas. Un resplandor verdoso bañó las esferas de los instrumentos contadores de impulsos, como si varias decenas de luminosos ojos gatunos se clavaran de pronto en los dos hombres. Las agujas de todos los cuadrantes apuntaban al cero. Nada intentaba atravesar el muro invisible del campo de fuerza. Sólo una aguja, la del tablero de la energía eléctrica, trepaba sin pausa hasta más allá de la línea roja de los megavatios.
