— Procedimiento de tercer grado en marcha, comandante — dijo, sin mirar al anciano.

El otro lo observó de soslayo, esbozando una vaga sonrisa.

— Esto no es más que el comienzo, Rohan. Quizá haya todavía largas caminatas a la hora del crepúsculo. Quién sabe…

De un pequeño armario empotrado sacó un libro largo y estrecho, lo abrió, y poniéndolo sobre la blanca consola erizada de manivelas se volvió a Rohan:

— ¿Leyó esto? — Sí.

— La última señal registrada del hipertransmisor fue captada hace más de un año por la sonda de baja altura de la base.

— Conozco el texto de memoria: «Aterrizaje en

Regis III concluido. Planeta desértico del tipo subDelta 92. Bajamos a tierra siguiendo el procedimiento número dos, en la zona ecuatorial del continente Evana.»

— Sí, pero esa no fue la última señal.

— Lo sé, comandante. Cuarenta horas más tarde, el hipertransmisor registró una serie de señales que parecían en Morse, pero que no tenían sentido, y luego un rumor de voces extrañas, que se repitió varias veces. Haertel las describió como «maullidos de un gato al que tiran de la cola».

— Sí… — respondió el astronauta, pero era evidente que ya no escuchaba.

Estaba otra vez de pie, frente a la pantalla. En el borde inferior del campo visual, junto a la pared vertical de la nave, se veía la rampa por la que se deslizaban, a intervalos regulares, los ergo-robots, mecanismos de veinte toneladas recubiertos de un blindaje ignífugo de siliconas. Ya cerca del suelo, las corazas se abrían y levantaban, aumentando la envergadura de las máquinas; al salir del plano inclinado, pese a hundirse profundamente en la arena, avanzaban con paso firme, desplazando la duna que el viento había formado ya alrededor de El Invencible. Se encaminaban alternativamente a la derecha y a la izquierda; al cabo de diez minutos, el perímetro de la astronave estaba rodeado por una cadena de tortugas metálicas. Inmovilizándose, cada ergo-robot comenzó a enterrarse metódicamente en la arena hasta desaparecer; ahora, sólo unas pequeñas manchas brillantes, regularmente dispuestas sobre las pendientes rojizas de la duna, indicaban los sitios de donde emergían las cúpulas de los emisores Dirac.



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