Bebió un poco de refresco. Era más sabroso que la Coca-Cola. Le gustó.

Paul estudió su situación. Si aquello era cosa de O’Banion, Rothstein o Valenti… Bueno, a ninguno de ellos le importaba un comino Malone, un loco que trabajaba como remachador en los astilleros, metido a pandillero, que había matado a la esposa de un policía de una manera bastante desagradable. Después amenazó con más de lo mismo a cualquiera de la pasma que le causara problemas. Aun si alguno de ellos quería despachar a Paul, ¿por qué no esperar a que hubiera cepillado a Malone?

Todo eso significaba que debía de ser Dewey.

Lo deprimía la idea de quedar encerrado en el calabozo hasta que lo ejecutaran. Sin embargo, a decir verdad, en el fondo no lo afligía demasiado que le echaran el guante. Como cuando era niño y se lanzaba impulsivamente a pelear contra dos o tres chavales más grandes que él, sabiendo que tarde o temprano acabaría con un hueso roto por meterse con quien no debía. Desde un principio había tenido muy claros los riesgos que conllevaba su oficio actual: que en algún momento un tío como Dewey o O’Banion le pararía los pies.

Pensó en una de las expresiones favoritas de su padre: «En el mejor de los días y en el peor, el sol finalmente se pone». Y su viejo añadía, haciendo restallar sus coloridos tirantes: «Anímate, que mañana habrá otra carrera de caballos».

El timbre del teléfono lo hizo saltar.

Paul quedó un instante largo mirando el aparato de baquelita negra. Atendió al séptimo u octavo timbrazo:

– ¿Diga?

– Paul. -Una voz nítida, joven. Sin acento de arrabal.

– Sabes quién soy.

– Estoy en otro apartamento del mismo bloque. Somos seis. En la calle hay otra media docena.

¿Doce? Paul se sintió extrañamente sereno. Contra doce no podía hacer nada. Lo atraparían, de una manera u otra. Bebió otro poco de refresco. ¡Qué sed de mierda! El ventilador no servía más que para mover el calor de un lado a otro de la habitación.



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