– ¿Trabajáis para los muchachos de Brooklyn o los del West Side? -preguntó-. Por pura curiosidad.

– Escúchame, Paul. Te diré lo que debes hacer. Sólo tienes dos revólveres, ¿verdad? El Colt y ese pequeño veintidós. Los otros los has dejado en tu apartamento, ¿no?

Él rió.

– Así es.

– Los descargas y echas el seguro del Colt. Luego caminas hasta la ventana que no está clausurada y los tiras a la calle. Después te quitas la americana, la dejas caer al suelo, abres la puerta y te quedas de pie en medio de la habitación, con las manos en alto. Los brazos bien estirados hacia arriba.

– Me dispararéis -dijo él.

– De cualquier manera tienes los días contados, Paul. Pero si haces lo que te he dicho es posible que vivas un poco más. El que había llamado cortó.

Él dejó caer el auricular en la horquilla. Permaneció un momento inmóvil, recordando una noche muy agradable, algunas semanas atrás. Marion y él habían ido a Coney Island para escapar del calor; jugaron a minigolf y comieron salchichas con cerveza. Ella, entre risas, lo arrastró hasta una adivina del parque de atracciones. La falsa gitana, después de tirarle las cartas, le dijo muchas cosas. Pero a la mujer se le había pasado por alto este acontecimiento, que debería haber aparecido en la lectura de cualquier adivina que se precie.

Marion… Él nunca le había dicho de qué vivía. Sólo que era dueño de un gimnasio y que de vez en cuando hacía negocios con ciertos tíos de pasado dudoso. Pero nunca pasó de allí. De pronto cayó en la cuenta de que esperaba que esa relación tuviera algún futuro. La chica era bailarina de un club barato del West Side, y durante el día estudiaba diseño de modas. Ahora debía de estar trabajando; por lo general no salía hasta la una o las dos de la mañana. ¿Cómo se enteraría de lo que le pasara?



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