
Los tenientes a cuyas órdenes Paul había servido en Francia eran todos hombres hechos y derechos.
Mantenían las pistolas enfundadas, pero con la mano cerca de las cartucheras desabrochadas.
El hombre de más edad, sentado en la butaca de enfrente, tenía un grado bastante alto: comandante de la Marina, a menos que en esos veinte años hubieran cambiado las insignias del uniforme.
Se abrió la puerta para dar paso a una mujer atractiva, que vestía el uniforme blanco de la Marina. El nombre que llevaba en la blusa era Ruth Willets. Ella le entregó una carpeta.
– Está todo aquí.
– Gracias, recluta.
Mientras ella se retiraba, sin haber echado un solo vistazo a Paul, el oficial abrió la carpeta para extraer de ella dos hojas de papel fino y las leyó con atención. Al terminar levantó la vista.
– Soy James Gordon, oficial de la Inteligencia Naval. Me llaman Bull.
– ¿Éste es su cuartel general? -preguntó Paul-. ¿La Habitación?
El hombre, sin prestarle atención, miró a los otros dos.
– ¿Ustedes ya se han presentado?
– Sí, señor.
– ¿No ha habido problemas?
– Ninguno, señor. -Era Avery quien respondía.
– Quítele las esposas.
Mientras Avery lo hacía, Manielli mantuvo la mano cerca de su pistola, observando con nerviosismo los nudillos torcidos de Paul. Él también tenía manos de luchador. Las del teniente eran rosadas, como las de un dependiente de alguna tienda fina.
La puerta volvió a abrirse y entró otro hombre. Aunque sesentón, era delgado y alto como ese actor joven que había visto con Marion en un par de películas: Jimmy Stewart. Paul frunció el entrecejo: conocía esa cara por haberla visto en artículos del Times y del Herald Tribune.
