Si era Dewey, probablemente le permitirían llamarla.

Si eran los muchachos de Williamsburg, no habría llamada. Nada.

El teléfono volvió a sonar.

Paul lo ignoró. Después de abrir el cargador del revólver grande, retiró la bala que ya estaba en el receptor; luego sacó todos los cartuchos. Se acercó a la ventana y arrojó las pistolas, una por una. No las oyó golpear contra el suelo.

Cuando acabó el refresco, se quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo. Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo. Regresó a la nevera a por otra soda y se la bebió toda. Después de enjugarse nuevamente la cara, abrió la puerta de entrada y dio un paso atrás, con los brazos en alto.

El teléfono dejó de sonar.


– Esto se llama La Habitación -dijo el hombre de pelo gris y uniforme blanco bien planchado, mientras se sentaba en un diván pequeño. -Nunca has estado aquí -añadió, con una alegre seguridad, indicadora de que el asunto estaba fuera de cuestión-. Y tampoco has oído hablar de ella.

Eran las once de la noche. Habían llevado a Paul allí directamente desde el apartamento de Malone. Era una casa particular, situada en la parte alta del East Side, aunque casi todas las habitaciones del piso bajo contenían escritorios, teléfonos y teletipos, como si aquello fuera una oficina. Sólo en aquella estancia había divanes y butacas. En las paredes se veían cuadros de buques de la Marina, tanto nuevos como antiguos. En el rincón, un globo terráqueo. Roosevelt los miraba desde su sitio, encima de la repisa de mármol. El ambiente estaba deliciosamente fresco. Una casa particular con aire acondicionado, imagínate.

Paul, todavía esposado, había sido depositado en una cómoda butaca de piel. A su lado, algo más atrás, se sentaron dos hombres más jóvenes, también de uniforme blanco, que lo habían sacado del apartamento de Malone. El que había llamado por teléfono se llamaba Andrew Avery; tenía las mejillas rosadas y ojos penetrantes, decididos. Ojos de pugilista, aunque Paul estaba seguro de que nunca en su vida se había liado a puñetazos. El otro era Vincent Manielli y era moreno; por su voz, Paul dedujo que ambos se habían criado en el mismo barrio de Brooklyn. No parecían mucho mayores que los chavales que jugaban a la pelota frente a su casa, pero eran tenientes de la Marina, nada menos.



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