– Lo han estado comentando.

Rebus recapacitó: sangre en los ojos, en los oídos y en el cuello, pero volvió a mirarse y vio que no tenía arañazos ni cortes.

– Ya veremos -dijo.

– Tal vez deberíamos suspender la vigilancia -dijo Claverhouse- y dejarles que se maten unos a otros.

– ¿Con una flota de ambulancias preparada para recoger los muertos?

Claverhouse lanzó un bufido.

– ¿Es propio de Big Ger esta clase de advertencia?

– Ya lo creo -contestó Rebus cogiendo la chaqueta.

– ¿Y lo de la puñalada en el club nocturno no?

– No.

Claverhouse se echó a reír forzadamente restregándose los ojos.

– Bueno, nos quedamos sin patatas fritas, ¿no? Ahora lo que me tomaría sería un trago.

Rebus metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la petaca de Bell's.

Claverhouse rompió el precinto sin mostrar sorpresa, echó un trago, lo empujó con otro y le devolvió la botella.

– La receta del médico.

Rebus enroscó el tapón.

– ¿Tú no tomas?

– He dejado de beber -dijo Rebus pasando un dedo por la etiqueta.

– ¿Desde cuándo?

– Desde el verano.

– ¿Y por qué llevas una botella?

Rebus la contempló.

– Porque no es una botella.

Claverhouse no acababa de entenderlo.

– ¿Pues qué, si no?

– Una bomba -contestó Rebus guardándosela en el bolsillo-. Una bomba para suicidas.

Volvieron a Accidentes y Urgencias. Siobhan Clarke les aguardaba delante de una puerta cerrada.

– Han tenido que darle un calmante -dijo-. Se levantó y quería irse -añadió señalando en el suelo unos rastros de sangre con pisadas.

– ¿Sabemos cómo se llama?

– No lo ha dicho ni lleva encima nada que permita identificarle. Sólo unas doscientas libras; por lo tanto, descartado el atraco. ¿Tú qué arma crees que han empleado? ¿Un martillo?

Rebus se encogió de hombros.

– Un martillo fractura el hueso y el colgajo era muy limpio. Yo creo que fue un tajo con un cuchillo de carnicero.



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