
– Algo así o un machete -añadió Claverhouse.
Clarke lo miró.
– Huelo a whisky.
Claverhouse se llevó un dedo a los labios.
– ¿Alguna cosa más? -preguntó Rebus.
Clarke se encogió de hombros.
– Un simple comentario.
– ¿Qué?
– Esa camiseta me encanta.
Claverhouse echó unas monedas en la máquina y sacó tres cafés. Había llamado a su despacho para decir que suspendían la vigilancia, pero les ordenaron permanecer en el hospital para ver si el herido declaraba algo y podían identificarlo. Claverhouse tendió el café a Rebus.
– Con leche y sin azúcar.
Rebus lo cogió con la mano libre; en la otra tenía una bolsa de plástico con la camisa. La llevaría a la tintorería, era una camisa buena.
– ¿Sabes qué, John? -dijo Claverhouse-. No hace falta que te quedes.
Claro. Su casa no estaba lejos cruzando por los Meadows. Su gran piso vacío. En la vivienda contigua unos estudiantes no dejaban de poner música; una música desconocida para él.
– Tú que conoces la banda de Telford -dijo-, ¿no sabes quién es ése?
Claverhouse se encogió de hombros.
– Advertí en él un cierto parecido con Danny Simpson.
– Pero no estás seguro.
– Si es Danny, lo único que le sacaremos será el nombre. Telford sabe escoger bien a sus hombres.
Clarke se acercó a ellos y cogió el café que le tendía Claverhouse.
– Es Danny Simpson -aseguró-. He vuelto a echarle un vistazo una vez limpio de sangre -dio un sorbo de café y frunció el ceño-. ¿Y el azúcar?
– Tú tienes dulzura de sobra -replicó Claverhouse.
– ¿Por qué elegirían a Simpson? -preguntó Rebus.
– Tal vez le sorprendieron -aventuró Claverhouse.
– Además, dado que no es nadie importante en el escalafón -añadió Clarke- puede considerarse un aviso.
Rebus la miró. Cabello negro corto, cara inteligente con ojos brillantes. Sabía que trabajaba bien con los sospechosos, tranquilizándolos y escuchándolos con atención. Y en la calle era también buena y rápida de pies y reflejos.
