
– El sargento Claverhouse y yo estamos adscritos a la Brigada Criminal escocesa -terció Clarke.
– Y el inspector Rebus no -comentó Groal-. Fascinante.
– Yo estoy en St. Leonard.
– En cuyo caso, este asunto es competencia exclusiva de su jurisdicción. Por lo que la Brigada Criminal…
– Sólo queremos saber qué sucedió -añadió Rebus.
– Fue una caída, ¿no es eso? Por cierto, ¿cómo se encuentra?
– Muy amable por preocuparse -murmuró Claverhouse.
– Está inconsciente -dijo Clarke.
– Y probablemente camino del quirófano en breve. ¿O hacen antes una radiografía? No estoy muy al corriente del procedimiento.
– Puede preguntarlo a una enfermera -comentó Claverhouse.
– Sargento Claverhouse, advierto cierta hostilidad.
– Es su tono normal -dijo Rebus-. Escuche, usted ha venido para asegurarse de que Danny Simpson mantiene el pico cerrado y nosotros estamos aquí para escuchar el cuento macabeo que elaboren entre los dos para nuestro deleite. Creo que lo he resumido con bastante exactitud, ¿no le parece?
Groal ladeó levemente la cabeza.
– He oído hablar de usted, inspector. Muchas veces las anécdotas que se cuentan son exageradas, pero me complace decirle que en su caso no.
– Es una leyenda viva -añadió Clarke.
Rebus lanzó un bufido y volvió a Accidentes y Urgencias.
En el interior había un agente de uniforme sentado en una silla con la gorra en el regazo y un libro encima. Rebus acababa de verle media hora antes. Ahora montaba guardia ante una puerta cerrada tras la cual se oía hablar en voz baja. El agente, llamado Redpath, pertenecía a la comisaría de St. Leonard y llevaba en el Cuerpo menos de un año; por ser de los últimos ingresados con estudios universitarios le decían «el profesor». Era un muchacho alto, con granos y mirada tímida. Al ver llegar a Rebus cerró el libro sin quitar el dedo de la página.
