Echaron a correr hacia ellas. Había dunas y hierbas, pero a la niña no se la veía por ninguna parte.

– ¡Sammy!

– A ver si está en el agua…

– ¡Tú tenías que haberla vigilado!

– Lo siento, es que…

– ¡Sammy!

Por una de las madrigueras apareció una criatura a gatas. Rhona estiró el brazo para sacarla y apretarla en sus brazos.

– ¡Cariño, te dijimos que no entraras ahí!

– Era un conejito.

Rebus miró la precaria bóveda de arena con un entramado de raíces y hierbas. Al darle un puñetazo se desmoronó. Rhona le miraba enfurecida.

Aquello fue el final de las vacaciones.

Capítulo 3

John Rebus besó a su hija.

– Hasta luego -dijo mirando cómo cruzaba la puerta de la cafetería después de tomarse un café exprés y un bollo caramelizado porque no tenía tiempo para más. Habían quedado otro día para comer juntos. Nada del otro mundo: una pizza.

Era el 30 de octubre. Si la naturaleza se ensañaba, a mediados de noviembre sería invierno. A Rebus le habían enseñado en el colegio las cuatro estaciones, que él había dibujado con colores vivos y tétricos según sus diferencias, pero las cosas no sucedían así en su tierra natal. En

Escocia los inviernos se prolongaban y duraban más de lo debido y, luego, el calor llegaba de pronto y la gente recurría a la camiseta de manga corta en cuanto aparecían los primeros brotes, de modo que primavera y verano se fundían en una sola estación. Después, en cuanto las hojas amarilleaban, volvía de nuevo la primera escarcha.



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