Según el recuerdo de la jovencita fue una larga agonía en medio del silencio absoluto de la plaza, como si los vecinos adivinaran que no se trataba de una simple verificación de identidad. Se oyeron más órdenes, los hombres fueron separados de las mujeres y los niños y conducidos a la granja de Prudhomme, mientras obligaban al resto del pueblo a entrar en la iglesia. Sólo quedó en la plaza una docena de soldados, fusil en bandolera, contándose chistes y fumando. Uno de ellos entró en un bar, puso la radio y una música de jazz inundó la explanada mezclándose con el susurro de las hojas de los árboles donde el viento mecía seis cadáveres.

– Fue extraño -contó la joven-, no parecían cadáveres. Era como si hubieran experimentado una transformación y formaran parte de los árboles.

Después oyó una explosión, una nube de humo y polvo envolvió la iglesia y se hizo el silencio, como si el mundo se hubiera quedado vacío. Acto seguido oyó gritos y ráfagas de ametralladora. Cuando todo terminó empezaron a oírse lamentos; pero no procedían de la iglesia, sino de la granja de Prudhomme, a lo lejos.

Cuando por fin la encontraron vecinos de otros pueblos cercanos, la jovencita estaba acurrucada cubierta con un sencillo chal que sacó de un baúl, un chal de su abuela fallecida un año antes. Pero no fue la única superviviente. Los soldados del piquete de ejecución de la granja de Prudhomme no dispararon muy alto, los abatidos en la primera fila sufrieron heridas de cintura para abajo y quedaron sepultados por los cadáveres que les cayeron encima a modo de escudo protector; cuando echaron paja sobre el montón de muertos y le prendieron fuego, los supuestos muertos resistieron cuanto pudieron antes de salir a rastras de aquel siniestro hacinamiento sin otra esperanza que ser acribillados. Pese a todo, cuatro de ellos lograron escabullirse con el cabello y la ropa en llamas. Uno pereció después a consecuencia de las heridas.



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