– No lo conocemos -dijo El Guapito.

– No he preguntado si lo conocéis. He pedido ayuda.

– Palabra mágica -dijo El Guapito sin inmutarse.

Rebus se arrimó hasta casi rozar la cara con la suya y El Guapito sonrió, dirigiendo a Houston un gesto con la cabeza para que fuese a por toallas.

Los clientes habían vuelto casi todos a sus mesas y sólo uno examinaba atentamente la huella ensangrentada de la mano en el cristal. En una puerta al fondo del café, Rebus vio otro grupo de mirones, y en medio a Tommy Telford, estirado, sacando pecho y con las piernas separadas. Casi con aspecto militar.

– ¡Creí que cuidabas de tus amigos, Tommy! -le gritó Rebus.

Telford le lanzó una mirada fulminadora y volvió a entrar en el cuarto cerrando la puerta. Afuera los gritos iban en aumento. Rebus cogió las toallas que le dio Houston y corrió hacia el herido que, de nuevo en pie, se tambaleaba como un boxeador noqueado.

– Aparte un poco las manos.

El hombre levantó las manos del pelo apelmazado y Rebus vio que llevaba tras ellas una porción de escalpelo tan sólo unido al cráneo como por una bisagra. Un chorro de sangre le salpicó la cara. Volvió la cabeza y sintió que le empapaba el oído y el cuello, y, sin mirar, apretó la toalla contra la cabeza del hombre.

– Sujéteselo -le dijo, cogiéndole las manos y apretándoselas sobre la toalla.

Se volvió al ver la luz de los faros de un coche -el camuflado para la vigilancia- con Claverhouse que bajaba el cristal de la ventanilla.

– Los hemos perdido en Causewayside. Supongo que es un auto robado. Habrán seguido a pie.



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